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De Los Cabos a Bellas Artes. Pedro Adrián Salomón Reyes La historia de un talento en formación.

  • Foto del escritor: Rocio Molina
    Rocio Molina
  • 17 ene
  • 4 Min. de lectura



Desde el corazón de Cabo San Lucas emerge una nueva promesa del arte: Pedro Adrián Salomón Reyes, joven pianista que comienza a trazar un camino lleno de talento y disciplina. Nacido el 30 de abril de 2004, a sus 21 años es un destacado estudiante en la Escuela Superior de Música del INBA, ubicada en el Centro Nacional de las Artes en la Ciudad de México. Próximamente dará un concierto en el ciclo Jóvenes Intérpretes en la Sala Manuel M. Ponce de Bellas Artes

Su pasión por el piano es el eje de su vida, pero Pedro Adrián es un espíritu inquieto: siente una profunda fascinación por el cine y sueña con componer música para películas y otros medios audiovisuales. A su vez, encuentra inspiración en la literatura particularmente en la ciencia ficción y en aquellas narrativas realistas con un toque fantástico, en la cercanía con su familia, en el mar de Los Cabos, y en el universo creativo de los videojuegos.

Con cada nota, cada ensayo y cada proyecto, Pedro Adrián representa el inicio de un talento que promete dejar huella en la música y más allá.


¿Cuál fue la chispa que encendió tu historia con el piano?

A los 9 o 10 años, mi mamá conoció a una paciente suya que daba clases de piano y le pareció buena idea que mi hermano y yo tomáramos clases con ella. Hubo algunas pausas, pero desde ahí diría que todo comenzó.


Si cierras los ojos y vuelves a tu primer ensayo, ¿qué ves y qué sientes?

Veo el inicio de un gratificante y maravilloso sueño. Me da una gran sensación de satisfacción recordar el comienzo de este recorrido.


¿Hubo un momento o persona que te hizo pensar: “Esto es lo que quiero hacer toda mi vida”?

Como mencioné, tomé clases alrededor de los 10 años, aunque solo durante un año. En la secundaria decidí retomarlas, pero llegó la pandemia y tuvimos que suspenderlas. Un año después, cuando las restricciones disminuyeron, me presentaron con el maestro Rodolfo Henkel. Desde la primera clase tuve una nueva perspectiva de lo que significa ser músico. Su conocimiento, habilidad, destreza en el piano e incluso su manera de expresarse me parecieron algo a lo que aspirar.


¿Cuál ha sido el escenario o reto más desafiante que te ha tocado vivir… y qué aprendiste de él?

Hasta ahora, el concurso que organizó mi escuela, la Escuela Superior de Música. Ese año hubo más participantes que en ediciones anteriores, muchos de ellos con un nivel muy alto, lo cual hacía que incluso la espera para salir al escenario fuera intimidante y aumentara la tensión.

Aprendí a confiar en lo que ya sé, a no permitir que las distracciones externas nublen mi mente y, sobre todo, a comprender que el peor escenario posible es solo un momento de incomodidad. Lo tomo como una gran lección para el futuro.


¿Puedes contarnos un instante en el que supiste que tu música estaba tocando el corazón de alguien?

No estoy seguro de la magnitud, pero recuerdo una experiencia especial. Me gusta componer, así que en un recital de composición en mi escuela presenté una obra para piano solo llamada Descanso. Es una pieza contemplativa con influencias de la música japonesa. Al terminar, varios amigos y compañeros me dijeron que habían sentido una conexión con la obra, lo que me dio mucha alegría.


Antes de salir al escenario, ¿cuál es tu ritual secreto para transformar los nervios en energía?

Mucho antes de la presentación, lo más importante es conocer el repertorio a fondo: su estructura, la armonía, el propósito de la obra… todo para evitar dudas y disminuir pensamientos de inseguridad. Ya en el momento previo, intento visualizarme tocando ciertos pasajes, recordar los ejercicios de memoria, pensar en la armonía si es necesario. Y si los nervios persisten, recurro a la respiración controlada, concentrándome en una sílaba, como una pequeña meditación.


Cuando tocas, ¿te sientes más intérprete de historias ajenas o creador de tus propias narrativas musicales?

Creo que ambas cosas. Interpreto la música de otros compositores, pero siempre se puede aportar un toque personal como intérprete: añadir dinámicas, jugar con el tempo. Son detalles que parecen pequeños, pero realmente pueden transformar una obra.


¿Qué proyecto actual te ilusiona tanto que no puedes dejar de pensar en él?

El proyecto que más me emociona en este momento es el ciclo Jóvenes Intérpretes, en el que participaré junto con mi amigo Leonardo Raziel Rodríguez, estudiante de Dirección y Piano. Interpretaremos un arreglo para dos pianos hecho por Edvard Grieg de la Sonata para Piano en Do mayor, K545 de Mozart. La presentación será el 31 de agosto en la Sala Manuel M. Ponce de Bellas Artes, junto a varios compañeros de la Escuela Superior de Música.


Si pudieras sentarte frente al piano junto a cualquier artista, vivo o histórico, ¿quién sería y qué tocarían juntos?

Mi compositor favorito es Maurice Ravel. Si pudiera, me encantaría tocar con él su obra para cuatro manos Ma mère l’Oye. Y aunque sé que requeriría más experiencia, también sería increíble interpretar el arreglo para dos pianos de su pieza La Valse.


¿Qué le dirías al joven que eras cuando empezaste a tocar, para inspirarlo a seguir?

Que es normal tener dudas; que aunque el camino parezca largo y arriesgado, las experiencias, las personas y los aprendizajes lo hacen totalmente valioso.

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